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sábado, 26 de enero de 2013

Ese oscuro objeto de deseo: El Dorado


En 1530, tan solo 38 años después del descubrimiento de América, las expediciones españolas se adentraron en zonas de la actual Colombia, fundando poblaciones y sometiendo a las tribus indígenas. Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Belalcázar, fundadores de la ciudad de Bogotá, se enteraron de una leyenda local en la que una antigua tribu, probablemente los Chibchas, ungían a su nuevo rey en una especie de ceremonia de coronación enormemente especial.

Este rito al parecer, consistía en revestir el cuerpo entero del heredero con polvo de oro, untando su cuerpo previamente con lodo. Después construían una gran balsa en la que se embarcaba el futuro rey con cuatro de sus principales jefes y una gran cantidad de ofrendas, también hechas en el noble metal y se internaban navegando por un lago profundo. Cuando el nuevo rey llegaba al centro del lago, arrojaba al fondo las valiosas ofrendas y se bañaba en él, de forma que incluso el polvo de oro que revestía su cuerpo también fuera ofrendado. El relato de la coronación del nuevo rey habría sido recogido de primera mano por un cronista español en 1536, interrogando a indígenas que fueron testigos de la última ceremonia realizada. Se encuentra en la crónica, El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle con algunas variantes. Según Freyle, el cacique sacerdote de los muiscas era ritualmente cubierto en polvo de oro en el festival religioso de Guatavita, cerca del sitio donde hoy está Bogotá. Describe la ceremonia igual pero añade que a los pies del heredero se ponían montones de oro y esmeraldas, las cuales eran arrojadas en ofrenda a su dios en mitad del lago.

Hay también otros lagos y lagunas en el departamento de Cundinamarca en los que al parecer se practicaba este ritual y donde se han encontrado piezas de oro, exhibidas hoy en día en el Museo del Oro de Bogotá. Una de ellas, es la famosa "Balsa Muisca de Pasca", que representa el rito de El Dorado. Es una hermosa escultura de oro encontrada cerca del pueblo de Pasca, Cundinamarca.

El mito de El Dorado, "El Hombre Dorado", "El Indio Dorado", "El Rey Dorado"...  acababa de empezar.




Primero fue imaginado como una persona, más tarde ya era un lugar, luego llegó a ser un reino, incluso se convirtió en la febril imaginación de las gentes en un imperio con una ciudad legendaria, cuyas calles estaban soladas en oro, siendo hasta los más simples utensilios cotidianos de este metal, el cual era tan abundante en la gloriosa ciudad que se despreciaba por sus habitantes.

Otra leyenda sobre El Dorado está relacionada con el imperio Inca, que como sabemos fue el más avanzado, rico y mejor organizado de América del Sur. Cuando llegaron los españoles, ocuparon su capital, Cuzco y, apresaron al gran Inca Atahualpa. En esta versión, narra la leyenda que cuando algunos súbditos del Inca se enteraron de la caída de su rey, tomaron la mayor parte del tesoro del imperio y lo arrojaron al fondo de un lago antes de permitir que los extranjeros se hicieran con él.

A partir de ahí, el mito indígena se fue transformando de boca en boca en su transmisión oral hasta alcanzar cotas inimaginables. Esto provocó que una gran cantidad de aventureros, tanto españoles como de otras nacionalidades, atacados por la fiebre del oro, se internaran en muchas regiones americanas en busca del mítico reino, el país del Hombre de Oro. Muchos de esos hombres dejaron sus vidas en el camino y muchos otros se arruinaron en su búsqueda por media América.

El lago sagrado del rey dorado fue durante mucho tiempo identificado con el lago Guatavita, un cráter profundo lleno de agua y rodeado de densa selva. En 1580, un comerciante de la recientemente fundada ciudad de Bogotá por aquel entonces, intentó drenar el lago construyendo un canal con la mano de obra esclava de cientos de indígenas. El proyecto fracasó al derrumbarse el canal y provocar la muerte de docenas de trabajadores. De todas formas, algunos metros se hurtaron a la profundidad del lago y dejaron a la vista espléndidos tesoros, aunque desde luego no comparables con los míticos sueños que poblaban la imaginación de la gente. Recientemente, en 1.990, un periodista colombiano hizo una expedición a la zona y evidenció en un documental que aun cuando la laguna de Guatavita fue un centro ceremonial importante para la iniciación de los jóvenes que serían coronados Zipas o reyes de Bacatá, esa laguna no fue la verdadera cuna de El Dorado. Según sus hallazgos, el verdadero lago sagrado de coronación sería la lagunita de Siecha (palabra muisca que significa La casa del varón), localizada cerca de la pirámide del Sol Muisca, a 35 kilómetros de Guatavita.




Otra derivación del mito de El Dorado que parece más realista y mejor documentada, tiene relación con la búsqueda de una ciudad Inca aún más rica que el propio Cuzco. Una serie de documentos recientemente hallados en los archivos del Vaticano hablan de una solicitud hecha por los Jesuitas al Papa que fue aceptada, para buscar y convertir al cristianismo a una ciudad escondida en la selva peruana llamada por los indígenas Paititi. Esa ciudad habría sido fundada por Inkari, el mítico fundador del imperio Inca.

Muchos investigadores creen hoy día en la existencia de dicha ciudad. Se cree que una buena parte de los secretos incas permanecen aún ocultos, como fue el caso de la ciudad de Machu-Pichu, que estuvo oculta durante siglos, no porque fuera escondida deliberadamente sino por lo inaccesible de la región donde se ubica, en una densa selva atravesada por caudalosos e intransitables ríos, majestuosas montañas, enormes precipicios y misteriosos pantanos.

Choquecancha es, según se cree hasta ahora, la última ciudad inca que se encuentra al este de Perú. Es una ciudad que posee grandes ruinas de este imperio. Y más al oriente de esta ciudad es donde se especula que podría encontrarse Paititi. Internándose en la selva, ha habido expedicionarios que han encontrado una serie de extrañas formaciones piramidales, a las que llamaron "pirámides de Paratoari", aunque aún no se ha podido determinar si se trata o no de formaciones naturales.

Todavía hoy, nuevas expediciones arqueológicas siguen hallando ruinas en la enorme selva que rodea al río Madre de Dios, lo que permite continuar considerando la posibilidad de que Paititi, supuestamente El Dorado, exista en algún rincón de la selva peruana. Algunos exploradores, empleando tecnología moderna, han informado que han encontrado un lago con extrañas e intrincadas cavernas sumergidas donde podrían encontrarse los tesoros escondidos por los Incas. Su exploración, sin embargo, es muy difícil por las características del lugar, así que es posible que pasen años antes de que se pueda tener noticias acerca de este posible descubrimiento.

Al igual que ocurre con el continente perdido de la Atlántida, todos los buscadores de El Dorado no han cesado en su empeño por descubrirlo, anhelando las promesas de encontrar y hacer suyo el vil metal, en una búsqueda ininterrumpida que lleva ya quinientos años de deseo y espera.


siestecita

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